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Oriente Medio y África

Un superpetrolero dañado por minas reabre la disputa sobre quién controla Ormuz

Teherán denuncia el ataque contra un buque que cruzaba el estrecho mientras Washington insiste en que ya lo desminó; entre versiones contrapuestas, el 20% del crudo mundial sigue como rehén del pulso.
Foto: infobae.com
Oriente Medio y Áfricalunes 31 de agosto de 2026

La Guardia Revolucionaria iraní afirmó este lunes que un superpetrolero sufrió un incendio de gran magnitud tras chocar contra dos minas navales en el estrecho de Ormuz y quedó completamente inmovilizado. Según el comunicado del cuerpo militar, recogido por medios iraníes, el buque «incumplía las normas» al intentar atravesar «la ruta ilegal del sur del estrecho».

Teherán no informó de la bandera del petrolero ni de si hubo víctimas. El silencio sobre esos dos datos —origen del buque y saldo humano— deja a la versión iraní sin verificación independiente, en un episodio más de la guerra de relatos que domina el Golfo Pérsico desde febrero.

El anuncio contradice directamente lo dicho por Estados Unidos la semana pasada: que había desminado el estrecho de Ormuz, vía por la que transitaba el 20% del crudo mundial antes de que comenzara la guerra el 28 de febrero. Irán sostiene lo contrario y ha advertido que nadie debe cruzar el paso sin su permiso, una postura que equivale a reclamar jurisdicción sobre una arteria que técnicamente es internacional.

El incidente del petrolero llega horas después de que Estados Unidos atacara dos plataformas iraníes que, según el Comando Central estadounidense (CENTCOM), se preparaban para disparar cohetes cargados con minas marinas hacia el estrecho. Esa acción estadounidense causó, según la misma fuente, «muertos y heridos». Irán respondió con ataques contra objetivos estadounidenses en Jordania y Emiratos Árabes Unidos.

El trasfondo se remonta a mediados de julio, cuando Irán cerró el paso por Ormuz tras nuevos bombardeos de Estados Unidos contra el sur de su territorio. Washington respondió reimponiendo un cerco sobre buques y puertos iraníes que, de acuerdo con lo reportado, está dañando la economía del país persa. Como salida parcial, Estados Unidos abrió una vía alternativa en el sur del estrecho, cerca de la costa omaní, con la que intenta reabrir el tránsito marítimo de petróleo sin depender del corredor que Irán reclama como propio.

Lo que queda, seis meses después del inicio de la guerra, es un estrecho fragmentado: una ruta que Washington dice segura y otra que Teherán dice minada, ambas usadas simultáneamente según quién narre los hechos.

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Ormuz no es un accidente geográfico neutral: es la prueba de que la seguridad energética global depende de decisiones militares tomadas en capitales que no responden ante los mercados que abastecen. Cuando una quinta parte del petróleo mundial puede quedar rehén de un comunicado de la Guardia Revolucionaria o de un ataque de CENTCOM, el precio lo termina pagando el consumidor final, no los gobiernos que libran el pulso.

La insistencia iraní en exigir «permiso» para cruzar un estrecho internacional es, en esencia, un intento de sustituir el derecho de tránsito por control político. Estados Unidos, al abrir una ruta alternativa cerca de Omán, apuesta por preservar el comercio libre incluso a costa de fragmentar la vía tradicional. La historia sugiere cautela: los cercos navales rara vez se resuelven con comunicados, y cada nueva mina —real o denunciada— encarece el barril y erosiona la confianza de quienes todavía creen que el petróleo debería moverse según la oferta y la demanda, no según quién controla el estrecho esa semana.

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